Por: Juan Andrés Escobar
La primera vez que el árbol Fraxinus chinensis, comúnmente conocido como El Urapan, se introdujo en Colombia fue en la década de 1960. Este fue traído para arborizar Bogotá, y fue plantado alrededor de las muchas calles, avenida, lotes y parques de la ciudad. La especie, proveniente del Oriente, se caracteriza por su gran adaptación al frío y su capacidad de llegar a edades maduras, y en culturas antiguas, era símbolo de flujo de energía, fertilidad e inmortalidad.
Nosotros en nuestro colegio, tenemos la fortuna de tener un Urapan que, con sus ramas y hojas de diferentes colores, nos cubre con su grandeza, y nos protege de los rayos del sol. Este está situado al frente del patio de banderas, entre el bloque de noveno y el edificio de once, y con su gran tamaño de más de 7 metros, dibuja a nuestro colegio con tonos verdosos, cafés, grises e incluso blancos. Me atrevo a decir que este árbol le da una inmensa vida no solo al área donde está situado, sino que, dado su gran tamaño, armoniza una gran porción del colegio con un sentimiento de tranquilidad y naturaleza, que es muy difícil de explicar.
Un día, estaba con un grupo de amigos en las escaleras que dan directamente al árbol, cuando noté que los rayos del sol, que se cuelan por entre sus ramas, se desplazaron levemente a la derecha. No lo tomé como gran cosa, pero poco a poco, me empecé a dar cuenta de cómo el árbol se camufla impecablemente con el ambiente, cambiando con este a la medida que el día pasa.
Por la mañana, nos manda un mensaje totalmente distinto que al del medio día o que al final de la jornada. Por eso, con The Dragon Post, decido documentar una jornada completa, a través, de nuestro emblemático Urapan.
Es increíble ver como este árbol se comunica de manera tan presente con nosotros y nuestro entorno. Es aquel Urapan el que nos saluda por las mañanas, observa cómo se desarrolla nuestro día, y luego se despide, esperando que volvamos al día siguiente. Sus interacciones con la luz son la prueba viva de cómo los árboles están en constante contacto con todo aquello que los rodea.
Que este artículo se preste como una oportunidad para que, cada día que pase, estemos más agradecidos y observemos de manera más profunda, no solo a aquel Urapan, sino a toda esa flora que envuelve a nuestro colegio con tanto color y luz, y que lo convierte en un espacio único, donde es posible vivir de la mano con la naturaleza. Y quién sabe, tal vez lo que predicaban los antiguos griegos sea cierto, y sea este árbol sea el que resguarda la energía de nuestra comunidad.