Por: Esteban Mayorga y Mariana Martínez.
Queremos agradecer a Jorge Didier González por haberse sentado a conversar con nosotros, pues sin su disposición y pasión por este evento, no habríamos podido obtener información clave para la escritura de este artículo.
Finalmente había llegado el día, y la única hora de ese día que realmente importaba. Su vestido había estado empacado desde la madrugada, cuando usted se levantó ansioso, pero ahora lo llevaba puesto. El reloj marcaba las cinco de la tarde cuando, poco a poco, los asientos del auditorio se iban llenando de personas. Cientos de rostros conocidos. Todos elegantes. Pronto inició una alegre ceremonia, plagada de presentaciones en vivo y palabras de invitados especiales, era una celebración del talento. Pero usted se había despertado temprano y había cambiado su rutina añorando la llegada de un solo momento que pronto llegaría. Supo que había llegado cuando su mundo se detuvo por un instante y el húmedo temblor de sus manos se convirtió en árida quietud, y el sonido del terror fue ahogado lentamente por los aplausos de un auditorio que celebraba su nombre. Usted había ganado un premio en la ceremonia de talentos. Se puso de pie y se dirigió nervioso al frente, subió temblorosamente unos pares de escalones y llegó a la tarima, donde uno de los anfitriones le entregó una estatuilla pequeña con un dragón gordito, parado y de color verde o café. Tras dar unas palabras de agradecimiento, usted se retiró y regresó a su asiento, en donde, acompañado por su nuevo amigo medieval, estuvo hasta las once de la noche viendo como muchos de esos rostros conocidos vivían lo que usted acababa de vivir.
Es normal que usted identifique todo lo que le describimos en el párrafo anterior como una burla a su conocimiento, puesto que mentimos en cada detalle respecto a cómo son las ceremonias de talentos hoy en día. Pero si usted fuera un estudiante del colegio hace unos veintitrés años, y si este periódico se publicara en esa época, usted estaría de acuerdo con cada uno de los detalles que le acabamos de brindar. Pues así eran las ceremonias de talentos cuando fueron creadas en 1997 por el departamento de Español y Literatura, que era dirigido por Gabby Escobar de Mor. La “Noche de los famosos”, como se llamaba en ese entonces, se convirtió en el evento insignia del departamento.
Seis años más tarde, bajo la dirección de Jorge Didier González (con quien tuvimos la oportunidad de tener una maravillosa y profunda conversación sobre el talento en el colegio, de la cual haremos un artículo en el futuro), el departamento de Español y Literatura lanzó una nueva etapa de Talentos, en la cual se incluyeron las áreas de Arte y Música. Fue durante esta era de Talentos que nació “El dragón de San Jorge”, la estatuilla con el dragón de alas abiertas que se entrega todos los años durante la ceremonia.
La ceremonia ha evolucionado mucho desde que se creó a finales del milenio pasado. Hemos tenido ceremonias de todo tipo. Desde la “alfombra azul” que se realizó hace algunos años, hasta las ceremonias virtuales que todos vimos desde la comodidad de nuestros hogares. Muchas nuevas categorías han surgido, y las ceremonias se han convertido en un espectáculo que no tiene nada que envidiarle a cualquier entrega prestigiosa de premios.
Este año, sin embargo, fuimos sorprendidos (algunos saltaron de sus asientos con las manos sobre la cabeza, otros lo tomaron con más calma, pero con igual curiosidad) con una convocatoria para cambiar la estatuilla del dragón. Todos los estudiantes fueron invitados a entregar una propuesta para cambiar uno de los símbolos más importantes para la comunidad escolar. Cientos de ávidos artistas entregarán su máximo nivel de creatividad para este evento tan importante.
Este año, una de las figuras insignia del colegio adoptará forma diferente, y todos nosotros seremos testigos del resurgir de “El Dragón de San Jorge”.